Dilma Rousseff, presidenta por lealtad a Lula

dil--620x349Dilma Rousseff es una mujer a la que no le gusta la política del modo que tiene que hacerse en un sistema presidencialista de coalición como el brasileño. Esa definitivamente no es una tarea fácil para nadie en un país que tiene 38 partidos, especialmente tras un pleno del Parlamento que dejó claro el domingo que cualquier cosa es más importante que el compromiso ideológico. A Dilma Rousseff esa labor le cuesta muchísimo.

Con independencia del resultado del proceso que comenzó ayer, Rousseff ya ha entrado en la historia de Brasil como la tercera gobernante que afronta un proceso de destitución, al lado de Fernando Collor de Mello, que renunció en 1992, y de Getúlio Vargas, que se suicidó en 1954.

Rousseff tuvo una ascensión política meteórica que la llevó a la presidencia en 2010, sin haber disputado antes ninguna elección a un cargo público. Llegó al poder de la mano del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, carismático y con una habilidad política inigualable, aprendida en los tiempos del sindicalismo.

La economista Rousseff era una técnica muy seria, que sonreía poco, obligada a quitarse las gafas y rehacer su imagen para la maratón de su primera campaña presidencial, después de que ninguno de los fundadores y líderes del PT sobreviviese a las denuncias de corrupción de la primera gestión Lula. «La presidenta no se confunde con el PT, era una cristiana nueva en el partido», describe el analista político Marcos Coimbra, de la escuela de negocios Ibmec, sobre la presidenta que se unió al partido cuando Lula fue elegida en 2002.

«Dilma no tiene ninguna habilidad política», dice el analista Humberto Dantas, de la escuela de negocios Insper, que destaca también otras características negativas de Rousseff dado el modelo político brasileño, como ser a acaparadora y terca. Políticos importantes, entre ellos su vicepresidente, se quejaban de la demora en ser recibidos por ella, una gestión que podía llevar meses.

«Duermo bien»

Pese a estar en medio del torbellino de la campaña que vive el país contra la corrupción, especialmente contra su partido, Rousseff es sin embargo vista como una mandataria honesta. Sus problemas están más vinculados a los errores de su gestión, que comienzan cuando era la ministra de confianza de Lula, a partir de 2005, y con su falta de habilidad verbal.

Sus años en la guerrilla, cuando luchó contra la dictadura brasileña, también están relacionados con características de su personalidad vistas como positivas, como su fidelidad, por ejemplo, que mostró siempre al lado de Lula, y su fuerza para mantenerse en el cargo sin renunciar, incluso frente a maniobras de bajo nivel, que tratan de mostrarla como la mujer desequilibrada que no parece ser. «Duermo tranquilamente», le dijo a los periodistas en uno de los momentos más tensos, días antes de la votación.

ABC